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Diario YA


 

LA RESPONSABILIDAD DE LAS GENERACIONES

Manuel Parra Celaya.   Anda uno de mis hijos empeñado de hoz y de coz en conocer a sus ancestros más lejanos. Con pericia informática -que envidio- y con suma paciencia, rastrea en Internet reseñas de periódicos de antaño, amarillentas fotografías y fondos de archivo de todo tipo a la búsqueda de datos, y, poco a poco, va desvelando las sagas familiares.
    No se trata en modo alguno de un prurito de árbol genealógico, sino de rescatar la parte de la historia en la que participaron sus antepasados; también, la intrahistoria, aunque esto último es mucho más difícil, toda vez que el recuerdo de los vivos queda muy limitado en su alcance y los testigos y referentes han ido desapareciendo por implacable ley biológica.
    Gracias a mi hijo, he constatado, por ejemplo, la erudición de uno de mis bisabuelos,  una eminencia en un campo muy querido para mí, cual es la Filología; fue autor de varios libros sobre el tema, incluido un diccionario y una enciclopedia, y reconocido como sabio en muchos lugares; solo diré que da nombre al Instituto de Secundaria y a una calle de su localidad natal; he podido comprobar que, en su labor investigadora, fue un adelantado en muchos conceptos gramaticales que hace unos años yo enseñaba a mis alumnos como la cosa más natural del mundo. Menos mal que no tiene, eso sí que no, una estatua fácilmente abatible…
    Otro bisabuelo fue Coronel de la Guardia Civil en la provincia española de Cuba, y sospecho que de ahí pueden venir mis simpatías y querencias por la Benemérita y, por extensión, a los valores que encarna la milicia.
    De la época de la guerra civil ha rescatado mi concienzudo hijo datos interesantes; como en todas las familias españolas, se decantaron las simpatías y cada cual optó por el bando en que mejor creían que se encarnaban sus ideales. De todo lo que me ha llegado por esta investigación, ninguno llegó al extremo poético de glosar la pistola de Líster o la sonrisa de Franco, como hicieron, respectivamente, los hermanos Antonio y Manuel Machado; pero todos compartieron penalidades, alegrías y tristezas a raíz de la contienda. Un abuelo pasó por las checas barcelonesas, dos familiares murieron en el Ebro, e incluso un tío abuelo fue proclive al uso del mandil (sin ser cocinero, ya me entienden) y vivió su exilio con dignidad, no sé si dorado como el de sus superiores en grado. Por la rama de mi esposa, tenemos un mártir de la fe, hoy elevado a la condición de beato.
    ¿Por qué les cuento, lectores, todo esto, que es común a muchas estirpes españolas? Para resaltar, en estos tiempos de riguroso y estúpido presentismo, de invocaciones, no menos rigurosas y estúpidas, al derecho a decidir, y de iconoclastas enajenados o teledirigidos, que una sociedad, una patria y una herencia cultural no pertenecen en exclusiva a una determinada generación; es decir, que esta no es en absoluto su propietaria exclusiva.
 Las grandes construcciones históricas y culturales tienen un valor intergeneracional que sobrepasa con mucho al capricho o a la voluntad de pueblos, gobiernos o masas enloquecidas de convertirlas en un plebiscito cotidiano inapelable para decidir sobre lo esencial, como es su supervivencia o su destrucción.
    Nadie tiene el derecho moral de resucitar odios y enfrentamientos, que ya quedaron enterrados con sus protagonistas directos, como un intento de volver a repetir la historia en su peor parte o de juzgar la historia lejana y a sus personajes con criterios rigurosamente actuales; en este último caso, la estupidez y la incultura se unen a la categoría de aberración o de crimen cultural.
 Del mismo modo y manera, cada generación adquiere un compromiso y una responsabilidad de cara a las que le van a suceder, y, en consecuencia, les debe preocupar la herencia que inevitablemente van a legarles. No caben, en esta tarea, ni la censura retrospectiva ni la expurgación inmisericorde de lo que se aparta de simpatías momentáneas o de dictados más o menos inducidos.
    En nuestro caso concreto, ¿heredarán nuestros descendientes una España unida, en paz y esfuerzo común, aun con todas las legítimas discrepancias en lo accesorio? Igualmente, ¿verán nuestros nietos una Europa integrada, patria común de las naciones que la forman, o predominarán, por la mala cabeza de nuestra generación, las fronteras del egoísmo, en lugar del orgullo de un legado histórico, cultural y espiritual común, como motor de ese futurible deseado? ¿Podrán sentirse orgullosos de esa herencia, con sus luces y sus sombras, y contribuirán a su transmisión y enriquecimiento, o, como los animales irracionales, solo serán presente?
    Y del mismo modo, ¿tendrán quienes nos sucedan testimonio de que existió una vez una terrible pandemia que nadie esperaba y de ella surgió una sociedad mejor y más justa, con los seres humanos enmendados de sus errores o, por el contrario, nos podrán hacer, esta vez con razón, responsables de una ruina humana, moral, económica, política y cultural a la que los actuales dirigentes de las naciones o los pueblos  fueron incapaces de hacer frente por su imprevisión, malicia o puro interés particularista y sectario?

 

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